Empecé en una agencia de marketing digital en Madrid, trabajando con clientes de turismo, banca y seguros. Facebook Ads, Google Analytics, análisis de sentimiento. Los datos no paraban de llegar.
El problema no eran los datos. El problema era que nadie sabía qué hacer con ellos cuando aparecían sobre la mesa.
Teníamos informes. Teníamos reuniones. Teníamos métricas. Lo que no teníamos era claridad sobre qué estaba pasando realmente ni qué decisión tomar después.
El problema no suele ser la falta de información, sino la distancia entre los datos y la decisión que deberían provocar.
Antes de aprender a cerrar esa distancia profesionalmente, tomé una decisión que desde fuera parecía una aventura: me fui a Londres durante siete años.
No es el camino más corto hacia el análisis de datos. Pero es el que me dio algo que no está en ningún máster: saber exactamente qué necesita entender la persona que recibe un dashboard, porque durante años fui esa persona.
Trabajé en entornos operativos exigentes, gestionando datos reales —ticket medio, costes, rotación de personal e inventario— en negocios donde equivocarse tiene consecuencias inmediatas.
Los datos no son el problema. El problema es todo lo que hay entre el dato y la persona que tiene que decidir algo con él.
En NTT Data fui junior durante siete meses. Suficiente para entender de principio a fin cómo funciona un proyecto de datos: desde una pregunta de negocio ambigua hasta un dashboard en producción para equipos de automoción.
No es mucho tiempo. Pero es el momento en el que decidí que esto era lo que quería hacer bien.